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“Para el habitante de Nueva York, Paris o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía”. 

Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad, 1950 

LA CELEBRACIÓN DE DÍA DE MUERTOS

Desde épocas remotas y en diversas culturas, los muertos han ocupado un lugar importante entre los vivos.

México no es la excepción, la celebración del Día de Muertos, se practica en toda la República Mexicana los últimos días de octubre o los primeros de noviembre dependiendo de cada  región.

La celebración está marcada por la preparación del altar  que constituye un homenaje a un visitante distinguido, pues se cree sinceramente que el difunto a quien se dedica habrá de venir  a disfrutarla.  La ofrenda se compone, entre otras cosas, del típico pan de muerto, calabaza en tacha y platillos de la cocina mexicana que en vida fueron de la preferencia del difunto.

Se emplean también  papel picado, velas o luces, calaveras de azúcar,  sahumadores en los que se quema el copal , el arco de caña adornado; la flor de cempasúchil; el petate, una cruz o algún santo; utensilios de alfarería y juguetes, en caso de que el muertito sea  niño.

Tan importante ha sido esta fiesta que en noviembre de 2003 La UNESCO declaro a la festividad indígena del día de muertos como Obra maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

Para comprender un poco más esta interesante tradición es necesario conocer aspectos importantes de la historia de México.

Los antiguos mexicanos creían que de acuerdo a la manera de morir, y no por la conducta de la persona durante su vida.

En el año de 1521, México fue conquistado por los españoles. Se implantaron nuevas ideas acerca de la muerte. La ideología de los conquistadores, sustentada en el catolicismo, modificó ritos y cosmovisiones.

La idea de una prolongación de la vida en el más allá se mantuvo, más de manera sustancialmente distinta. Los muertos ahora iban al cielo o al infierno.

El destino del alma se determinó en atención al bien y al mal, al comportamiento de una ética cristiana basada en las buenas o en las malas acciones que se hubiesen realizado en vida.  Apareció un nuevo dios que premiaba o castigaba.

De los ritos funerarios mexicanos, la cremación y el entierro, el último se convirtió en una ceremonia común, en tanto que la cremación fue prohibida, pues con ella se destruía al cuerpo, tan necesario en el futuro día del juicio final.

Y el entierro dio lugar al hasta entonces desconocido concepto del cementerio, del ataúd, y de los primarios entierros en los atrios de las iglesias.

Con los españoles llegaron también las nuevas fechas para los rituales de la muerte –el 1º, Fiesta de todos los santos y 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos. Pero si bien es cierto que la nueva concepción se impuso, muchos de los ritos antiguos se mantuvieron, otros se amalgamaron a los hispanos y esta mezcla de elementos culturalmente distintos, dio origen a un nuevo culto, a una ceremonia mortuoria derivada del sincretismo.

En varias comunidades indígenas cada vela representa un difunto, es decir, el número de veladoras que tendrá el altar dependerá de las almas que quiera recibir la familia. Si los cirios o los candeleros son morados, es señal de duelo; y si se ponen cuatro de éstos en cruz, representan los cuatro puntos cardinales, de manera que el ánima pueda orientarse hasta encontrar su camino y su casa.

En México, país pluricultural y pluriétnico, la celebración de muertos no tiene un carácter homogéneo, sino que adquiere diferentes modalidades según el pueblo indígena o grupo social que la realice.

Las variantes rituales son muchas, sin embargo, todas ellas giran alrededor de ciertas prácticas comunes: la bienvenida y despedida de las ánimas, la colocación de ofrendas para los muertos, el arreglo de las tumbas, la música, la velación en el cementerio y la celebración de oficios religiosos.

Hay que considerar que la celebración de Día de Muertos, sobre todo, es una celebración a la memoria.

Los rituales reafirman el tiempo sagrado, el tiempo religioso y este tiempo es un tiempo primordial, es un tiempo de memoria colectiva. El ritual de las ánimas es un acto que privilegia el recuerdo sobre el olvido.

El Altar

El agua. La fuente de la vida, se ofrece a las ánimas para que mitiguen su sed después de su largo recorrido y para que fortalezcan su regreso. En algunas culturas simboliza la pureza del alma.

La sal. El elemento de purificación, sirve para que el cuerpo no se corrompa, en su viaje de ida y vuelta para el siguiente año.

Velas y veladoras. Los antiguos mexicanos utilizaban rajas de ocote. En la actualidad se usa el cirio en sus diferentes formas: velas, veladoras o ceras. La flama que producen significa “la luz”, la fe, la esperanza. Es guía para que las ánimas puedan llegar a su morada.

El gollete y las cañas se relacionan con el tzompantli. Los golletes son panes en forma de rueda y se colocan en las ofrendas sostenidas por trozos de caña. Los panes simbolizan los cráneos de los enemigos vencidos y las cañas las varas donde se ensartaban.

Otros objetos para rememorar y ofrendar a los fieles difuntos

El retrato del recordado sugiere el ánima que nos visitará, pero este debe quedar escondido, de manera que solo pueda verse con un espejo, para dar a entender que al ser querido se le puede ver pero ya no existe.

La imagen de las Ánimas del Purgatorio, para obtener la libertad del alma del difunto, por si acaso se encontrara en ese lugar, para ayudarlo a salir, también puede servir una cruz pequeña hecha con ceniza.

Pueden colocarse otras imágenes de santos, para que sirva como medio de interrelación entre muertos y vivos.

El mole con pollo, gallina o guajolote, es el platillo favorito que ponen en el altar muchos indígenas de todo el país, aunque también le agregan barbacoa con todo y consomé.

Las calaveras de azúcar son alusión a la muerte siempre presente. También se puede colocar un aguamanil, jabón y toalla por si el ánima necesita lavarse las manos después del largo viaje.

El licor es para que recuerde los grandes acontecimientos agradables durante su vida y se decida a visitarnos.

Una cruz grande de ceniza, sirve para que al llegar el ánima hasta el altar pueda expiar sus culpas pendientes.

Copal. El copal era ofrecido por los indígenas a sus dioses. Es el elemento que sublima la oración o alabanza. Fragancia de reverencia. Se utiliza para limpiar al lugar de los malos espíritus y así el alma pueda entrar a su casa sin ningún peligro.

Las flores. Son símbolo de la festividad por sus colores y estelas aromáticas.

En muchos lugares del país se acostumbra poner caminos de pétalos que sirven para guiar al difunto del campo santo a la ofrenda y viceversa. La flor amarilla del cempasúchil (Zempoalxóchitl) deshojada, es el camino del color y olor que trazan las rutas a las ánimas.

El petate. Entre los múltiples usos del petate se encuentra el de cama, mesa o mortaja. En este particular día funciona para que las ánimas descansen así como de mantel para colocar los alimentos de la ofrenda.

El izcuintle. Lo que no debe faltar en los altares para niños es el perrito izcuintle en juguete, para que las ánimas de los pequeños se sientan contentas al llegar al banquete. El perrito izcuintle, es el que ayuda a las almas a cruzar el caudaloso río Chiconauhuapan, que es el último paso para llegar al Mictlán.

El pan. El ofrecimiento fraternal es el pan. La iglesia lo presenta como el “Cuerpo de Cristo”. Elaborado de diferentes formas, el pan es uno de los elementos más preciados en el altar.

El altar puede ser adornado con papel picado, con telas de seda y satín donde descansan también figuras de barro, incensario o ropa limpia para recibir a las ánimas.

La ofrenda, en sí, es un tipo de escenografía donde participan nuestros muertos que llegan a beber, comer, descansar y convivir con sus deudos.

Las ofrendas de los muertos chiquitos

En la mayoría de los hogares campesinos, de extracción mestiza o indígena, y aún entre algunas familias urbanas, el 31 de octubre se elabora la ofrenda dedicada a los niños o “angelitos”. Sus ánimas llegan el día primero de noviembre para nutrirse de la esencia y el olor de los alimentos que sus padres les prepararon.

En el altar de los “angelitos” la comida no debe condimentarse con chile, porque les haría daño. Es imprescindible que las flores y los candelabros sean blancos, pues este color simboliza la pureza de estos inocentes difuntos.

En otros lugares, los altares se adornan con juguetitos de barro pintado con colores alegres; así cuando lleguen las ánimas de los difuntos “chiquitos” podrán jugar tal como lo hacían en vida.

Todos los altares cuentan con panes en miniatura, pues es sabido que a los niños les gusta mucho, al igual que las tortillas, la fruta y el dulce de calabaza.

Con información de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas

Para leer mas:

·                     Ensayistas.org – Octavio Paz

·                     El Perro en la Luna

 

En agradecimiento a este maravilloso país Frascati rinde tributo a sus fiestas y celebraciones

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